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EDITORIAL

Unidad Mérida del Instituto de Ecología, los inicios y su investigación
Ana E. Escalante

ARTÍCULOS UNIDAD MÉRIDA

El nuevo edificio de las sedes foráneas de los Institutos de Ecología y de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas en el Campus UNAM en Yucatán

Génesis de la sede foránea del Instituto de Ecología en el campus UNAM en Yucatán
Ana E. Escalante

Inauguración del Edificio del Instituto de Ecología
Luisa I. Falcón

Construyendo puentes para la restauración y manejo sustentable de las dunas costeras de la Península de Yucatán
Gabriela Mendoza González y Pavel E. Popoca Cruz

Biodiversidad y microbioma en la península de Yucatán: primeros logros y muchos desafíos
Ella Vázquez-Domínguez, Gabriela Borja-Martínez, Nastienka Pérez-Jiménez y Giovani Hernández-Canchola

La migración tiene sus ventajas, o lo que no te mata te hace más fuerte: reflexiones en torno a la inauguración del edificio sede de la Unidad Mérida del Instituto de Ecología
Osiris Gaona

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Ella Vázquez-Domínguez

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Mario Gutiérrez Rodríguez y Adriana Garay Arroyo

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Silvia Pajares Moreno

El Marco de Kunming-Montreal para la conservación de la biodiversidad: más buenos deseos
Jorge Soberón Mainero

Los misterios de un lugar legendario y mítico: los valles de Tehuacán y Cuicatlán
Luis E. Eguiarte y Clementina Equihua Zamora

¿Equidad epistémica?
En defensa de la ciencia, pero contra el cientificismo

Era el tiempo mejor, era el peor tiempo; era la era de la sabiduría, era la era de la tontería; era la época de creer, era la época de la incredulidad; era la estación de luz, era la estación de obscuridad; era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación.
C. Dickens, A tale of two cities (1859)[1]

Preámbulo

Las reflexiones que presentamos aquí surgieron de discusiones sobre el significado de la muy en boga equidad epistemológica. Esta idea no es solamente un concepto con importancia para filósofos y académicos, sino que parece además haber penetrado en el campo legal como un lineamiento normativo. Tan es así que se ha incluido en la nueva Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación, publicada en el "Diario Oficial de la Federación" del gobierno de México en mayo de 2023 (Nueva Ley DOF 08-05-2023). El tema tiene que ver al mismo tiempo con los abusos de la ciencia y con sus éxitos. Presentamos aquí nuestras reflexiones desde el punto de vista de dos ecólogos, dos científicos que, en la medida de lo posible, están comprometidos con la sociedad en la que viven y con la conservación del mundo no humano.

Soberon MdelR Fig1Jefe Seattle. Fotografía digitalizada por la Biblioteca Pública de Seattle para Wikimedia Commons.          La ciencia avanza a pasos agigantados. Las comunicaciones electrónicas nos permiten compartir datos e ideas con una facilidad y velocidad antes imposibles. Los avances científicos han transformado la medicina, la agricultura, las comunicaciones. Pero al mismo tiempo vemos cómo las sociedades modernas destruyen la naturaleza, avasallan las culturas tradicionales. Permea al mundo una profunda “soledad de espíritu” (en las apócrifas palabras del jefe Seattle).

          Un practicante de la ecología está ante un dilema: su cosmovisión y su praxis son las del científico moderno, pero su corazón está con la naturaleza violentada. Más aún, toda persona especializada en ecología, que haya trabajado en el campo sabe por experiencia propia que las comunidades locales (sobre todo las indígenas) demuestran tener profundos conocimientos sobre su entorno, y su actitud ante el mundo es radicalmente diferente de la del científico de universidad.

          Es nuestra experiencia que la mayoría de las y los practicantes de la ecología como una actividad científica perciben la profunda contradicción entre los supuestos filosóficos y la praxis de la ciencia moderna con la contraparte (avasallada) de las culturas tradicionales. Suponemos que subyacentes al movimiento de la equidad epistémica se encuentran versiones más o menos elaboradas y generalizadas del dilema arriba descrito.

          Desafortunadamente, la tremenda complejidad del problema se simplifica radicalmente al reducirlo a una simple cuestión de justicia epistemológica. En efecto, el problema tiene muchas más aristas que las meramente epistemológicas. La praxis de obtención del conocimiento está sustentada por una red de supuestos ontológicos y axiológicos que son radicalmente diferentes en la llamada “ciencia occidental” y en los sistemas de conocimiento de las sociedades tradicionales. Una equidad epistemológica sin las correspondientes equidades ontológicas y axiológicas no tiene sentido.

          En este trabajo, al menos someramente, queremos elaborar sobre este punto: equidad epistemológica.

El conocimiento en las sociedades “modernas”

Es casi imposible dar una definición concisa de lo que es la ciencia. Informalmente, aplicamos el término a la manera —la filosofía, los métodos, las instituciones y la política y economía— de conocer el mundo físico que se desarrolló en Europa desde mediados del siglo XV, en el Renacimiento. Ciencia no debe ser confundida con tecnología. En la ciencia hay un énfasis teórico y sobre la adquisición del conocimiento. La tecnología enfatiza la práctica.

          En nuestro quehacer, la mayoría de las personas científicas somos realistas (en el sentido posmedieval del término). Esto quiere decir que asumimos que los objetos que detectamos usando nuestros sentidos (y los sentidos aumentados tecnológicamente), y las redes de causas que generan los fenómenos observables, existen independientemente de nosotros. Hay, sin duda, escuelas de físicos que ponen en duda ciertas definiciones del “realismo”, pero nunca en la práctica de su vida cotidiana.[2] Suponemos también que estos objetos y fenómenos constituyen una realidad compartida, común, a todos los humanos.[3]

          Es de notarse que el supuesto ontológico de que la realidad es externa y compartida constituye uno de los fundamentos centrales de la ciencia.[3] Por supuesto, la colección de conocimientos que llamamos ciencia es el producto de instituciones sociales, pero la subyacente realidad compartida es el árbitro que determina la validez de las ideas científicas dentro de una comunidad de expertos que las evalúan constantemente.[4-7]

          Finalmente, los que practicamos la ciencia asumimos que los fenómenos que observamos y tratamos de explicar son inteligibles, que la inteligencia es también compartida en común, y que los fenómenos carecen de un propósito, menos aún ordenado por una fuente sobrenatural: no hay “causas últimas”. Más aún, el mundo es íntegramente material. No existen entes espirituales. En la práctica, los científicos somos empiristas y materialistas. Esta es la ontología científica: el mundo es real, material, a-teleológico, compartido e inteligible.[3]

          ¿Cómo conocemos esa realidad externa? Hipotetizando y usando observaciones (incluyendo experimentos) para determinar si una hipótesis es falsa. Las observaciones nos permiten comparar entre hipótesis en términos de la correspondencia entre sus implicaciones y esta “realidad” compartida y absoluta.

          Ahora, efectivamente, las y los científicos somos susceptibles a innumerables influencias sobre nuestro modo de pensar y explorar la realidad (nuestra epistemología). Sin embargo, la veracidad (apropiadamente definida, no es este el sitio para desarrollar este tema) de las hipótesis y teorías que producimos no es relativa. Solamente depende de su ajuste con nuestra realidad compartida; pero su fuente depende de todos los factores culturales y sociales que moldean nuestra personalidad.

          Las hipótesis y teorías que las y los científicos formulamos dependen de nuestro género, lugar de origen, ideología,[6, 8] etcétera. Además, están constreñidas por nuestros sentidos y por las tecnologías que los extienden (microscopios, espectrómetros, sistemas de percepción remota, etc.). La diversidad en antecedentes culturales y sociales implica que el modo con el que hacemos ciencia difiere, en ocasiones profundamente, entre científicas y científicos. En consecuencia, la diversidad de géneros, culturas y etnicidades en grupos de investigación, sociedades científicas y juntas de gobernanza y administración de la ciencia no solo es necesaria por razones de justicia, sino que con frecuencia enriquece la generación de ideas y resultados.[4, 6, 7] Pero enfatizamos, la correspondencia entre las ideas y la naturaleza se puede decidir objetivamente. La ciencia moderna ha desarrollado una gran variedad de métodos y procedimientos instrumentales y estadísticos para establecer esta correspondencia.

          Para quienes practicamos este modo de conocer, no todas las hipótesis y perspectivas son iguales. Los primeros filtros por los que tiene que pasar una idea científica son de validez lógica (suponemos la universalidad de la racionalidad) y que sea “anulable” (falsifiable en inglés). Esto último quiere decir que, en principio, debe haber un conjunto de observaciones y experimentos que pueden demostrar que la idea es equivocada. Otra vez, la ontología del científico se basa en aceptar que existe un “árbitro externo” y absoluto sobre nuestras ideas: la realidad física. Con todas las bien estudiadas complicaciones sociales, psicológicas y políticas, al final la realidad es la que decide.

          Finalmente, ¿cuál es el sistema de valores (la axiología) en la ciencia?[9] Los valores del practicante de la ciencia pareciesen ser implícitos: “conocer es bueno”, “conocer en general es mejor que en particular”, “explicar es mejor que describir”. Experimentar (o sea, manipular) incluso entes con capacidad para experimentar dolor y conciencia al menos parcial es necesario e inobjetable (ya que los objetos del mundo no tienen creador, propósito, respetabilidad…). La axiología del científico privilegia conocer sobre casi cualquier otro valor.

          Difícilmente se puede derivar una axiología para la vida de una praxis científica. Este punto fue establecido muy claramente por David Hume cuando distinguió el “ser” del “deber ser”.[10] La ciencia nos da excelentes modelos del mundo material. Pero, ¿cómo debemos portarnos en este mundo?, ¿cuál es el deber ser?, ¿qué es bueno y qué es malo? Estas preguntas se refieren al sentido, propósito, valor intrínseco de las cosas y de nuestra conducta. Consideramos que la ciencia no tiene prácticamente nada que decir a este respecto, pese a las opiniones de Richard Dawkins, Christopher Hitchens y otros.[11]

          Resumiendo, la ciencia es una práctica y conjunto de conocimientos, pero no una cosmovisión completa. Es una colección de modos poderosos de adquirir conocimientos, a tal grado que, para algunos, se ha convertido en una especie de estándar intelectual. Este es el llamado cientificismo.

El cientificismo como una ortodoxia conveniente pero errónea

Soberon MdelR Fig2E.O. Wilson conversando sobre naturaliza con niñas y niños curiosos en Minute Man National Historical Park. Imagen: via Wikimedia Commons. El cientificismo, esa ortodoxia conveniente,[18] es la adopción de la ciencia como una cosmovisión que no reconoce sus propias limitaciones. Esta posición establece la hegemonía radical del que estudia sobre los objetos estudiados, y enfatiza el supuesto de materialidad de lo real. En su forma extrema lleva a lo que el sociólogo Max Weber llamó el mundo desencantado.[12] Algunos cientificistas notables, como el biólogo Edward O. Wilson, han propuesto que para avanzar, el arte y todas las humanidades deben adoptar los métodos de trabajo de las ciencias.[13]

          Esta perspectiva objetiviza y despersonaliza el mundo no humano y en ocasiones hasta a los humanos y sus culturas. Un párrafo de Claude Bernard, el llamado “padre de la fisiología”, ejemplifica el cientificismo con claridad aterradora.

          Un fisiólogo no es un hombre del mundo, es un científico, un hombre capturado y absorto en la idea científica que persigue; no oye los gritos de los animales que estudia, no ve la sangre derramada, ve solo su idea: los organismos que estudia solo esconden los problemas que quiere resolver. No siente que está inmerso en una carnicería horrible; bajo la influencia de una idea científica, persigue con deleite un filamento nervioso al interior de la carne lívida que para cualquier otra persona sería un objeto de repulsión y horror.[14]

           La alienación del sujeto de su objeto de estudio, la objetivación del mundo y el conocimiento científico como bien último son evidentes en este pasaje que es tan revelador como terrible.

           El cientificismo como una cosmovisión que considera a la ciencia como única fuente de respuestas a los problemas de la humanidad se ha convertido en una ortodoxia cuasiglobal, dominante en una gran parte del mundo. La expansión global del cientificismo es la consecuencia de dos factores: 1) el indudable éxito del conocimiento científico como catalizador de los avances tecnológicos que apoyan a las economías industriales y que ha generado enorme progreso en salud, alimentación, comunicaciones, etc.[15], y 2) la adopción del capitalismo global, que ha sido acompañado por la acogida entusiasta de los valores desencantados a los que se refiere Max Weber.[12]

           En occidente, el “desencantamiento” de la naturaleza es una consecuencia de la transición de la cosmovisión medieval del mundo (espiritual, simbólico, teleológico, cualitativo, antropocéntrico) a una moderna (material, mecánico, matematizado, cuantitativo, deshumanizado).[16]

           Cuando desnudamos al mundo de propósito, significado y valor intrínseco, nos otorgamos el derecho de usarlo a nuestro modo, ya sea como fuente de conocimiento científico o de ganancias económicas. El propósito de lo que llamamos “objetos” (plantas, animales, paisajes, otros humanos) es el beneficio para individuos o grupos (corporaciones, países, etc.) humanos con agencia, esto es, capaces de ejercer control. En el mejor caso, y en teoría, se beneficia a la “humanidad”, un ente abstracto que, al carecer de agencia, en la práctica nunca es consultada.

           El cientificismo fundamenta axiologías despersonalizadas, mecanicistas y desprovistas de otro sentido que no sea el de quien domine una sociedad humana en particular.[17] El cientificismo no solamente otorga permiso para la explotación del mundo natural; su uso para el beneficio de grupos humanos específicos se convierte hasta en un imperativo moral.

           La aceptación global del cientificismo como cosmovisión se ha convertido en uno de los ingredientes de la transformación del mundo que ahora llamamos la gran aceleración del Antropoceno[18] —la era en la que la huella humana transforma hasta los procesos biogeoquímicos de la biosfera.

           Quizás uno de los resultados más perniciosos de la adopción general del cientificismo es el aparente requerimiento del uso de los criterios científicos de “verdad” para evaluar las mitologías y narrativas que dan sentido y significado a individuos y culturas. Incluso las palabras “mito” y “narrativa” son usadas como términos despectivos.

           Los mitos y narrativas juegan papeles importantísimos, esenciales incluso, en todas las sociedades y culturas. Los mitos son la base de los sistemas de valores e instrumentos pedagógicos que guían el comportamiento, fuentes de sentido de pertenencia a un sitio y hasta principios inagotables de maravilla sobre el mundo misterioso en el que vivimos.[19]

           Por supuesto, muchos mitos incluyen elementos que pueden ser verificados empíricamente. Sin embargo, y en contraste con el conocimiento científico, el valor de los mitos y narrativas no puede ser juzgado por su contenido empírico. Los criterios que debemos usar para evaluar la ciencia y las formas de conocimiento encarnadas en los mitos y narrativas no son comparables, son inconmensurables (una palabra que definiremos más adelante).

El conocimiento en las sociedades no “modernas”

Soberon MdelR Fig3INconversation con Robin Wall Kimmerer. Imagen: Indiana Humanities via Wikimedia Commons.¿Existen cosmovisiones alternativas no cientificistas? Por supuesto que sí, y estas cosmovisiones en muchas ocasiones son representadas en los mitos y narrativas considerados en el párrafo anterior, además de en la práctica diaria de innumerables culturas.

           En general, las visiones del mundo de los pueblos tradicionales (incluyendo la del mundo occidental preilustrado) difieren radicalmente en su ontología[20] (y por ende, en sus epistemologías y sus axiologías) con la de la ciencia moderna. Tomemos por ejemplo una característica de las ontologías de la mayor parte de los pueblos indígenas del mundo: casi todas asumen y parten de la base de que el mundo es una combinación inseparable de lo material y lo espiritual.[21-24] El mundo es una red de relaciones interpersonales. Plantas, animales y a veces hasta las piedras se consideran en relaciones espirituales entre ellas y con nosotros.[22] Esto está bien expresado por la científica de la nación Potawatomi, la Dra. Robin Wall Kimmerer,[25], quien nos dice:

Experiments are not about discovery but about listening and translating the knowledge of other beings. (Los experimentos no son sobre el descubrimiento sino acerca de escuchar y traducir el conocimiento de otros seres).

          La axiología de estas cosmovisiones reconoce el valor intrínseco del mundo natural. Su ontología difiere radicalmente de la de la ciencia moderna (y por lo tanto, de la del cientificismo típico): es espiritual, relacional y participativa. Obviamente esta ontología tiene consecuencias para la epistemología: la forma de conocer de los pueblos tradicionales privilegia las relaciones, los relatos, las ceremonias y las narrativas ejemplares.[21, 26, 27] Estas formas llevan sin duda a obtener conocimientos útiles en la práctica,[24] pero estos generalmente tienen aplicación principalmente local. Las realidades son varias, no la única y compartida realidad de la ontología de la ciencia “occidental”, que en la práctica requiere y sustenta lógicamente la idea de que la ciencia es general y universal. En las cosmovisiones tradicionales es lo local lo que domina.

          Podemos encontrar elementos de las llamadas cosmovisiones “tradicionales” en occidente como parte integral del pensamiento medioambientalista, que reconoce que los humanos y el mundo no humano participamos en interacciones y relaciones ricas en significado y valor basados en un maravillado sentido de ecorreciprocidad.

          Muchas de las religiones del mundo con tradiciones místicas, incluyendo las del llamado “occidente”, comparten estos valores de relación y unidad entre la gente y el mundo no humano.[28] Las visiones del mundo tradicionales producen culturas más orientadas a la sustentabilidad y otorgan sentido (significado) al mundo.

          La ascendencia del cientificismo como cosmovisión y ortodoxia ha desplazado a estas cosmovisiones alternativas al mismo tiempo que el colonialismo y la industrialización han destruido y explotado a las culturas y pueblos de las que provienen. No es solo la biodiversidad la que ha sido degradada por el capitalismo global. La diversidad cultural también ha sufrido embates similarmente graves.[24]

¿Es posible la equidad epistémica?

Llegamos finalmente al punto del ensayo, la idea de equidad epistémica. Como respuesta al predominio cientificista, en México algunos funcionarios y activistas han hecho un llamado a la equidad epistémica. Esto parece querer decir que debemos considerar al conocimiento científico sin privilegiarlo, como una forma más dentro de una gran constelación de cosmovisiones y perspectivas. La supuesta necesidad de la equidad epistémica ha sido codificada recientemente en la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación del gobierno de México:

…la ciencia se ejercerá conforme a los principios de rigor epistemológico, igualdad y no discriminación, inclusión, pluralidad y equidad epistémicas…

          La frase equidad epistémica aparece ocho veces en esta Ley. A pesar de sus loables intenciones, su inclusión e implementación en un marco legal sin elaboración y discusión no es adecuada. El problema principal es que las epistemologías dependen de las cosmovisiones (las ontologías), y éstas pueden ser radicalmente incompatibles. Detrás de la equidad epistémica está implícita una equivalencia ontológica, que es muy problemática.

          A esta diferencia se le llama la inconmensurabilidad de cosmovisiones. La palabra denota una ausencia de conceptos comunes que crea dificultad y hasta imposibilidad para compaginar discursos cuando no se comparten bases conceptuales y semánticas.[29, 30] Dejemos claro que el problema que intentamos discutir no es el de la validez del “conocimiento indígena”, validez que ha sido descrita y demostrada ad infinitum.[31-34] La inconmensurabilidad no es de conocimientos, sino de cosmovisiones.

          Los sistemas tradicionales de conocer pueden ser separados en al menos tres perspectivas[32]: el corpus, sobre el cual hay generalmente acuerdos, la praxis y el kosmos. El kosmos es la visión del mundo, que subyace a la epistemología, y los corpora, los conocimientos. Son los kosmoii, no los corpora, los que suelen ser inconmensurables.

          La inconmensurabilidad parece ponerle una trancada a la posibilidad de elegir “racionalmente” entre visiones del mundo usando una divisa común,[35] aunque hay otras opiniones.[36]

          Comparar entre cosmovisiones distintas (como la ciencia y las cosmovisiones de las culturas tradicionales) es muy complejo.[37] Los propios pueblos indígenas pueden negar la posibilidad de compatibilizar sus cosmovisiones con la hegemónica.[38]

          El problema de la equidad epistémica es en el fondo un problema de inconmensurabilidad de cosmovisiones, aunque sugerimos con gran cautela que la solución de la crisis ambiental de nuestra era va a requerir de hacer conmensurables, o por lo menos armoniosamente coexistentes, la cosmovisión científica de la dominante cultura occidental con cosmovisiones indígenas o tradicionales.[28]

          Así, incluir equidad epistemológica en un documento legal como la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación, sin considerar la complejidad subyacente y sin siquiera considerar su existencia, nos parece una omisión grave. Es el resultado de adoptar acríticamente un término reciente[39] ignorando multitud de complicaciones teóricas y prácticas.

          El tema de la equidad epistemológica en la ciencia requiere urgentemente un análisis crítico y una amplia conversación en la que los diferentes actores sean escuchados y entendidos. Esperamos que este ensayo contribuya a ambos.

Bibliografía citada
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