Las reflexiones que presentamos aquí surgieron de discusiones sobre el significado de la muy en boga equidad epistemológica. Esta idea no es solamente un concepto con importancia para filósofos y académicos, sino que parece además haber penetrado en el campo legal como un lineamiento normativo. Tan es así que se ha incluido en la nueva Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación, publicada en el "Diario Oficial de la Federación" del gobierno de México en mayo de 2023 (Nueva Ley DOF 08-05-2023). El tema tiene que ver al mismo tiempo con los abusos de la ciencia y con sus éxitos. Presentamos aquí nuestras reflexiones desde el punto de vista de dos ecólogos, dos científicos que, en la medida de lo posible, están comprometidos con la sociedad en la que viven y con la conservación del mundo no humano.
Jefe Seattle. Fotografía digitalizada por la Biblioteca Pública de Seattle para Wikimedia Commons. La ciencia avanza a pasos agigantados. Las comunicaciones electrónicas nos permiten compartir datos e ideas con una facilidad y velocidad antes imposibles. Los avances científicos han transformado la medicina, la agricultura, las comunicaciones. Pero al mismo tiempo vemos cómo las sociedades modernas destruyen la naturaleza, avasallan las culturas tradicionales. Permea al mundo una profunda “soledad de espíritu” (en las apócrifas palabras del jefe Seattle).
Un practicante de la ecología está ante un dilema: su cosmovisión y su praxis son las del científico moderno, pero su corazón está con la naturaleza violentada. Más aún, toda persona especializada en ecología, que haya trabajado en el campo sabe por experiencia propia que las comunidades locales (sobre todo las indígenas) demuestran tener profundos conocimientos sobre su entorno, y su actitud ante el mundo es radicalmente diferente de la del científico de universidad.
Es nuestra experiencia que la mayoría de las y los practicantes de la ecología como una actividad científica perciben la profunda contradicción entre los supuestos filosóficos y la praxis de la ciencia moderna con la contraparte (avasallada) de las culturas tradicionales. Suponemos que subyacentes al movimiento de la equidad epistémica se encuentran versiones más o menos elaboradas y generalizadas del dilema arriba descrito.
Desafortunadamente, la tremenda complejidad del problema se simplifica radicalmente al reducirlo a una simple cuestión de justicia epistemológica. En efecto, el problema tiene muchas más aristas que las meramente epistemológicas. La praxis de obtención del conocimiento está sustentada por una red de supuestos ontológicos y axiológicos que son radicalmente diferentes en la llamada “ciencia occidental” y en los sistemas de conocimiento de las sociedades tradicionales. Una equidad epistemológica sin las correspondientes equidades ontológicas y axiológicas no tiene sentido.
En este trabajo, al menos someramente, queremos elaborar sobre este punto: equidad epistemológica.
El conocimiento en las sociedades “modernas”
Es casi imposible dar una definición concisa de lo que es la ciencia. Informalmente, aplicamos el término a la manera —la filosofía, los métodos, las instituciones y la política y economía— de conocer el mundo físico que se desarrolló en Europa desde mediados del siglo XV, en el Renacimiento. Ciencia no debe ser confundida con tecnología. En la ciencia hay un énfasis teórico y sobre la adquisición del conocimiento. La tecnología enfatiza la práctica.
En nuestro quehacer, la mayoría de las personas científicas somos realistas (en el sentido posmedieval del término). Esto quiere decir que asumimos que los objetos que detectamos usando nuestros sentidos (y los sentidos aumentados tecnológicamente), y las redes de causas que generan los fenómenos observables, existen independientemente de nosotros. Hay, sin duda, escuelas de físicos que ponen en duda ciertas definiciones del “realismo”, pero nunca en la práctica de su vida cotidiana.[2] Suponemos también que estos objetos y fenómenos constituyen una realidad compartida, común, a todos los humanos.[3]
Es de notarse que el supuesto ontológico de que la realidad es externa y compartida constituye uno de los fundamentos centrales de la ciencia.[3] Por supuesto, la colección de conocimientos que llamamos ciencia es el producto de instituciones sociales, pero la subyacente realidad compartida es el árbitro que determina la validez de las ideas científicas dentro de una comunidad de expertos que las evalúan constantemente.[4-7]
Finalmente, los que practicamos la ciencia asumimos que los fenómenos que observamos y tratamos de explicar son inteligibles, que la inteligencia es también compartida en común, y que los fenómenos carecen de un propósito, menos aún ordenado por una fuente sobrenatural: no hay “causas últimas”. Más aún, el mundo es íntegramente material. No existen entes espirituales. En la práctica, los científicos somos empiristas y materialistas. Esta es la ontología científica: el mundo es real, material, a-teleológico, compartido e inteligible.[3]
¿Cómo conocemos esa realidad externa? Hipotetizando y usando observaciones (incluyendo experimentos) para determinar si una hipótesis es falsa. Las observaciones nos permiten comparar entre hipótesis en términos de la correspondencia entre sus implicaciones y esta “realidad” compartida y absoluta.
Ahora, efectivamente, las y los científicos somos susceptibles a innumerables influencias sobre nuestro modo de pensar y explorar la realidad (nuestra epistemología). Sin embargo, la veracidad (apropiadamente definida, no es este el sitio para desarrollar este tema) de las hipótesis y teorías que producimos no es relativa. Solamente depende de su ajuste con nuestra realidad compartida; pero su fuente depende de todos los factores culturales y sociales que moldean nuestra personalidad.
Las hipótesis y teorías que las y los científicos formulamos dependen de nuestro género, lugar de origen, ideología,[6, 8] etcétera. Además, están constreñidas por nuestros sentidos y por las tecnologías que los extienden (microscopios, espectrómetros, sistemas de percepción remota, etc.). La diversidad en antecedentes culturales y sociales implica que el modo con el que hacemos ciencia difiere, en ocasiones profundamente, entre científicas y científicos. En consecuencia, la diversidad de géneros, culturas y etnicidades en grupos de investigación, sociedades científicas y juntas de gobernanza y administración de la ciencia no solo es necesaria por razones de justicia, sino que con frecuencia enriquece la generación de ideas y resultados.[4, 6, 7] Pero enfatizamos, la correspondencia entre las ideas y la naturaleza se puede decidir objetivamente. La ciencia moderna ha desarrollado una gran variedad de métodos y procedimientos instrumentales y estadísticos para establecer esta correspondencia.
Para quienes practicamos este modo de conocer, no todas las hipótesis y perspectivas son iguales. Los primeros filtros por los que tiene que pasar una idea científica son de validez lógica (suponemos la universalidad de la racionalidad) y que sea “anulable” (falsifiable en inglés). Esto último quiere decir que, en principio, debe haber un conjunto de observaciones y experimentos que pueden demostrar que la idea es equivocada. Otra vez, la ontología del científico se basa en aceptar que existe un “árbitro externo” y absoluto sobre nuestras ideas: la realidad física. Con todas las bien estudiadas complicaciones sociales, psicológicas y políticas, al final la realidad es la que decide.
Finalmente, ¿cuál es el sistema de valores (la axiología) en la ciencia?[9] Los valores del practicante de la ciencia pareciesen ser implícitos: “conocer es bueno”, “conocer en general es mejor que en particular”, “explicar es mejor que describir”. Experimentar (o sea, manipular) incluso entes con capacidad para experimentar dolor y conciencia al menos parcial es necesario e inobjetable (ya que los objetos del mundo no tienen creador, propósito, respetabilidad…). La axiología del científico privilegia conocer sobre casi cualquier otro valor.
Difícilmente se puede derivar una axiología para la vida de una praxis científica. Este punto fue establecido muy claramente por David Hume cuando distinguió el “ser” del “deber ser”.[10] La ciencia nos da excelentes modelos del mundo material. Pero, ¿cómo debemos portarnos en este mundo?, ¿cuál es el deber ser?, ¿qué es bueno y qué es malo? Estas preguntas se refieren al sentido, propósito, valor intrínseco de las cosas y de nuestra conducta. Consideramos que la ciencia no tiene prácticamente nada que decir a este respecto, pese a las opiniones de Richard Dawkins, Christopher Hitchens y otros.[11]
Resumiendo, la ciencia es una práctica y conjunto de conocimientos, pero no una cosmovisión completa. Es una colección de modos poderosos de adquirir conocimientos, a tal grado que, para algunos, se ha convertido en una especie de estándar intelectual. Este es el llamado cientificismo.
El cientificismo como una ortodoxia conveniente pero errónea
E.O. Wilson conversando sobre naturaliza con niñas y niños curiosos en Minute Man National Historical Park. Imagen: via Wikimedia Commons. El cientificismo, esa ortodoxia conveniente,[18] es la adopción de la ciencia como una cosmovisión que no reconoce sus propias limitaciones. Esta posición establece la hegemonía radical del que estudia sobre los objetos estudiados, y enfatiza el supuesto de materialidad de lo real. En su forma extrema lleva a lo que el sociólogo Max Weber llamó el mundo desencantado.[12] Algunos cientificistas notables, como el biólogo Edward O. Wilson, han propuesto que para avanzar, el arte y todas las humanidades deben adoptar los métodos de trabajo de las ciencias.[13]
Esta perspectiva objetiviza y despersonaliza el mundo no humano y en ocasiones hasta a los humanos y sus culturas. Un párrafo de Claude Bernard, el llamado “padre de la fisiología”, ejemplifica el cientificismo con claridad aterradora.